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Hace unos meses la noticia de que una Beta, Charis Spear, había desaparecido llego a oídos de todos. El cuerpo directivo de Princeton trató de controlar la situación, esforzándose por convencer a los estudiantes de que la policía del campus estaba en su búsqueda, pero la verdad es que ellos ya sabían donde estaba. Y quién la había hecho desaparecer. El cuerpo de Charis fue hallado, y el caos se desató en Princeton. El caso fue cerrado como suicidio, la reputación de la joven como prueba eficiente de su inestabilidad mental. Pero aquellos que la conocieron, y quienes sospechan de que su desaparición y luego muerte está fuertemente relacionada con las figuras encapuchadas que fueron vistas en casi todos los crímenes contra el alumnado, saben que no fue coincidencia.
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Skin hecho por Hardrock de Captain Knows Best. Agradecemos también a Neeve por las tablillas, en las cuales se detallan los créditos correspondientes..

Las modificaciones del diseño y los gráficos fueron editados por Kristen N. Houghton. La ambientación pertenece al staff de Princeton University, así como cada personaje le pertenece a su creador.
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Rosalya L. Agreste

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Rosalya L. Agreste

Mensaje por Rosalya L. Agreste el Sáb Jul 16, 2016 5:02 am


Cómo soy
Melancólica, serena, armoniosa, siempre en calma. Esa es la impresión que da Rosalya a todas las personas que la conocen. Allá adonde va, siempre sostiene ese aspecto de dama refinada y reservada, pero en realidad su personalidad no tiene nada que ver con lo que aparenta.

A simple vista, ella es violenta. Es malhumorada, a veces, cuando consiguen hacerla enfadar de verdad, y un poquito huraña. No soporta que le digan que no puede hacer algo, y mucho cuidado, porque si ocurre ella estará dispuesta a darlo todo de sí con tal de hacerlo y probarle al incrédulo que es perfectamente capaz. Es un poco demasiado apasionada cuando se trata de algo que le gusta. Desconfiada de las personas a las que no conoce, y toma realmente mucho tiempo ganarte su absoluta confianza.

Rosalya tiene una personalidad bastante curiosa, del tipo de personalidad que cuando uno la conoce a simple vista sólo puede decir una cosa: es una chica excéntrica. Una de sus características principales es que es muy madura. Es una chica que sabe perfectamente lo que quiere, alguien que al momento de tomar decisiones sopesa todas las opciones posibles y escoge la que le parece más apropiada. Considerada como un espíritu libre gracias a su extraña particularidad de nunca querer hacer lo que establecen los demás, ella siempre intenta ver el mundo desde otra perspectiva totalmente diferente a los demás, viendo todo de una manera colorida y llena de esperanza.

Se le puede definir como una "montaña rusa" de emociones. Suele ser reservada con sus cosas y le cuesta expresar sus emociones, al grado de que incluso le duele sonreír y el más mínimo abrazo la hace sentir incómoda a menos que sea alguien que ame; y aunque sus actitudes puedan resultar muy serias, es una chica muy honesta consigo misma. No obstante, tampoco confíes en que lo será contigo. Rosalya es honesta consigo misma, y sabe perfectamente lo que quiere. No es una chica ambiciosa, ni siquiera le importa demasiado el dinero. Lo que en realidad quiere es hacer algo grande y asegurarse de dejar huella allá adonde vaya. Lo único que necesita, todo lo que quiere, es saber que significa algo, y es por esto que se esfuerza por mostrar ejemplo siendo tal como es, pero su timidez de antes a la larga termina volviendo y acaba ocultando sus sentimientos casi sin darse cuenta.

Siente una enorme pasión por la música, y eso la lleva a exaltarse considerablemente durante su interpretación. En el caso de la literatura es mucho más tranquila. Permanece bien concentrada mientras escribe, dejando a su cabeza sumirse en el hilo de ideas que van y vienen a través de su mente, buscando formar una idea coherente que pueda desarrollar hasta ser una gran historia.

Cualquiera que la conozca pensaría que es una chica sociable a la que le gusta pasarse el tiempo de fiesta en fiesta y rodeada de gente, pero en realidad, aunque Rosalya no puede decir que no a una buena fiesta de vez en cuando (más que nada por su propio sentimiento de responsabilidad social), no hay nada que disfrute más que un momento de tranquilidad en un espacio solitario, libre de las palabras impertinentes de personas que la interrumpen cuando está concentrada. No hay ningún momento que ella goce más... aparte de esos pequeños momentos en que puede ver las cosas bonitas que conlleva estar vivo.

Para ella la vida es muy importante, y sabe ver el lado hermoso de todas las cosas, incluso de algo tan deprimente como la lluvia. Siente tanta fascinación por las cosas sencillas como muchas otras personas la sienten por cosas ostentosas, y es por esta razón que Rosalya, por desgracia, conocedora de esto último, intenta mostrarle el lado bello de cosas tan simples como una noche callada, las nerviosas alas de una mariposa o la suave respiración de un bebé durmiendo a todo el que se encuentre a su alrededor. Sí, peca de infantil a veces, pero en verdad se toma las cosas muy en serio. Las circunstancias la han hecho así. Tampoco vayas a pensar que es tonta, que es más inteligente de lo que piensas. Sabe perfectamente cuando alguien planea algo. Es astuta a la hora de elaborar planes infalibles. También es buena para saber cuando alguien está mal y necesita estar solo o tener compañía.

Tiene un sentido del humor basado en el sarcasmo, así como es tremendamente testaruda. Nunca puedes hacerla desistir de algo cuando decide hacerlo, pero al final puede decirse que eso forma parte de su encanto. Su lealtad hacia sus amistades la convierten en una persona de principios. Aprendió a ser realista, pero cuando algo le interesa de verdad se lo toma tan en serio que llega incluso a hacer lo imposible por llevarlo a cabo.

Sin duda alguna la cualidad más valiosa que Rosalya considera que tiene es su capacidad para escuchar a los demás cuando nadie más lo hace. Cuando un amigo está metido en problemas, cuando simplemente necesita un consejo o desahogarse, es Rosalya quien siempre está allí, atenta, sin decir nada, sólo escuchando. Por lo general es muy buena dando consejos, mismos que ella no puede seguir, según sus propias palabras. Puede llegar a ser muy rencorosa, lo que sin duda es uno de sus mayores defectos, pero inevitablemente si la otra persona se esfuerza mucho, mucho puede llegar a obtener su perdón. Las circunstancias la han vuelto fría con las personas, pero no se considera prejuiciosa; ella prefiere analizar a la gente desde lejos, ir observando su comportamiento y su actitud, y de esto sacar una conclusión. Con los amigos es bromista, cariñosa y con un lado maternal que sin duda no tiene con nadie más.

En el ámbito familiar, es un poco más de lo mismo; alguien desconfiada, no demasiado unida a sus padres, a quien no le interesa en absoluto nada de lo que tenga con ver con ellos porque sencillamente no lo merecen.

Es una chica con gustos bastante simples; una noche callada, una buena taza de café, el sonido de la lluvia, el aroma a libro nuevo, ver los cerezos al anochecer o simplemente gozar de un buen concierto de música clásica o ver una buena película antigua son suficiente para hacerla feliz. Algo que desprecia en cambio son esas personas altivas e hipócritas, esas que mienten para conseguir sus objetivos y pretenden utilizar sus influencias para ascender. Mientras que los gatos son sus animales favoritos, odia a los perros.

El amor es algo que ella considera que existe, algo que cualquiera puede experimentar, excepto ella. Debido a su pasado, Rosalya no tiene grandes esperanzas de que algún día puede llegar a querer a alguien, sin embargo si llegara a enamorarse piensa que lo haría sin ningún motivo específico, simplemente porque esa persona lo mereciera. Cuando se enamora lo hace de verdad y se entrega plenamente a esa persona, manejando cada situación con madurez.
Quién soy
I. Historia de dos familias.

Francois Agreste tenía todo lo que pudiera desear. Criado en el seno de una importante familia francesa, los tratos con otras familias de la élite igual de importantes que ellos, los lujos, las fiestas llenas de clase y los viajes a otros países estaban a la orden del día. Francois llevaba una vida ostentosa en Besanzón, pero luego fue que sus padres conocieron a la familia Bonfainte-Leroy. Los Bonfainte-Leroy eran una importante familia de la élite francesa, procedentes de la ciudad de Arlés. Ellos tenían dos hijas. Laura, la menor de las señoritas Bonfainte-Leroy, captó rápidamente la atención del joven heredero Agreste, y los padres de ambos chicos no dudaron en comprometerlos un par de meses después.

El problema era que Laura ya estaba enamorada de alguien más; un hombre joven que estudiaba para abogado y sus padres consideraban una aberración y una absoluta falta de respeto al apellido. Pero Laura no les hacía caso y a menudo se veía con el joven, llamado Dominique, a sus espaldas, hasta que un día fue descubierta. La boda se adelantó dos meses y por la primavera un enamorado Francois y una desdichada Laura unían sus vidas en agridulce matrimonio. Se mudaron a Le Mans, donde vivirían sus años de casados por siempre. Conforme pasaban los meses, a pesar de que sabía que Francois no tenía la culpa de nada y la quería sinceramente, Laura no podía evitar guardarle rencor por haberla separado de su amor. Tiempo más tarde Laura quedó embarazada y el amor de Francois hacia ella, cansado por su indiferencia, empezó a marchitarse.

II. Una niña muy extraña.

Cuando los Bonfainte-Leroy y los Agreste descubrieron el embarazo de Laura, por supuesto, se hizo la fiesta en las dos casas. Todo el mundo de la alta sociedad francesa conocía la feliz noticia e incluso algunos medios hablaban al respecto. No había día en que una sofocada Laura no recibiera felicitaciones por su embarazo, mientras Francois iba de un lado para otro radiante de alegría comprando cosas para el bebé que, según los médicos meses después, sería niña.

Rosalya fue el nombre escogido para la pequeña. La niña nació una buena mañana de primavera en el hospital Saint-Jacques, uno de los más importantes de Francia, y mientras Laura daba a luz, Francois se encargó de difundir la noticia a sus padres y suegros. Las dos familias no tardaron en llegar al hospital, incluyendo a la hermana mayor de Laura, Evangeline, que no se había casado y llegó de Brest meses antes solo para ver a su sobrina. Tres horas después se les permitió pasar y ahí fue cuando vieron a la bebé Rosalya dormitando en el pecho de su madre, bonita, sonrosada y tranquila, ganándose miradas de aprecio y devoción por todas partes. Todo cambió cuando la niña abrió sus ojos.

Los Agreste tenían ojos oscuros, incluyendo a Francois. Evangeline, Laura y su madre tenían ojos verdes. El señor Bonfainte-Leroy tenía ojos marrones. Y Rosalya tenía los ojos de un suave color celeste, como el cielo en un día de invierno. Como los viejos zapatos de raso que Evangeline usó en un baile en Tours. Y como los ojos de Dominique, el ahora abogado de Limoges que tiempo atrás había sido pareja de Laura.

Las pruebas fueron absolutas. Francois llevaba ya un tiempo sospechando que su esposa le era infiel y aquella fue la gota que colmó el vaso, la que terminó por probar que aquello era verdad. A pesar de las protestas de Laura, todo el mundo la tachó de zorra, la insultaron y sólo Evangeline la apoyó, asegurando que aquello podía ser un error genético, y una desolada Laura estuvo de acuerdo con ella en un intento por justificar el color de ojos de su hija. Pero era inútil. Francois ya no quería saber nada de ella ni de la "mocosa", como él la llamó. La trataría como su hija frente a las demás personas para evitar un escándalo, pero en lo que a la casa respectaba, no pensaba tratarla con el amor que una primogénita merece. Y tampoco pensaba hacerse una prueba de ADN para que, al final, resultara que realmente aquella niña era hija de Dominique. Laura dejó de dormir con Francois, enfadada porque este la considerara una cualquiera, y durante un tiempo Evangeline cuidó de la niña como si fuera suya para ahorrarle los disgustos de la casa, mientras las cosas entre sus padres se calmaban. Poco antes de que Rosalya cumpliera el año de edad regresó a la mansión, pero ya nada era como antes.

III. Ojos sucios.

Las personas tienen la mala costumbre de pensar que, cuando una persona nació en medio de una familia rica, tiene ya la vida ganada. Que como sus padres no se parten el lomo trabajando pueden prestarle toda la atención que quiera, que puede cumplir el más mínimo de sus caprichos con sólo tronar los dedos y que no conoce nada más allá de la delicada burbuja de cristal donde vive. Ellos están equivocados.

La infancia de Rosalya en la mansión fue todo menos lujosa o agradable. No había día en que Francois no la observara con repulsión y asco. No había día en que no comentara, con la voz más alta que podía para que Laura le oyese, que era una lástima que una niña tan bonita no fuera hija suya. Francois no soportaba mirar a la mocosa y encontrarse con ojos azules, ojos del supuesto amante de su esposa, ojos sucios, como él los llamaba. Una mirada asquerosa que le recordaba diariamente la infidelidad de su primer amor. Todo el tiempo criticaba las miradas de Rosalya. Todo el tiempo le recordaba que ella era producto de una infidelidad, a pesar de que realmente Laura dijo la verdad y ella ni siquiera volvió a ver a Dominique después de su boda. La espectacular mansión pronto se convirtió en un infierno para ambas mujeres, y en el caso de Rosalya, ella ya se había hecho a la idea de no esperar nada de sus padres. Porque aunque su padre la insultaba, la criticaba y le recordaba todo el tiempo ser un error, Laura nunca la defendía. Nunca decía nada para callar a su marido, nunca parecía interesada en las discusiones con Francois y nunca parecía importarle el bienestar de Rosalya.

Relegada al puesto de error, la niña de ojos sucios pasaba sus días con los sirvientes. Ellos eran en esa casa los únicos que le mostraban su apoyo y cariño, y fueron los únicos que la apoyaron cuando su padre la insultaba a ella y a sus "sucios" ojos. Rosalya empezó a desarrollar un carácter dulce, tímido, vergonzoso y callado, con la capacidad de ver más allá de las apariencias y descubrir cuando alguien era más de lo que aparentaba. De este modo descubrió a un compañero cuyo padre lo golpeaba, una compañera cuyo padre abusaba de ella, un compañero que se sentía solo porque sus padres se la pasaban viajando, una compañera que sentía que sus hermanas eran mejores que ella y tenía un grave complejo de inferioridad... A todas esas personas Rosalya las ayudó, porque a pesar de la tristeza diaria que la consumía en casa, ella conservaba la sonrisa, guardando muy en el fondo la tenue esperanza de que sus padres algún día cambiaran.

Los sirvientes crearon a una chiquilla armoniosa, optimista con la vida, que no se paraba a pensar dos veces a la hora de proteger a sus seres queridos o ayudar a alguien, pero también muy ingenua. Inocente, con tendencia a confiar en todos. Su carácter era motivo de cariño general por parte de su grupo, pero las cosas darían un vuelco brusco para ella más tarde.

IV. No me mires con esos ojos.

Ya hemos hablado acerca de que Francois despreciaba a Rosalya por su color de ojos, ¿verdad? Bueno. Pero también tenía una regla para ella, una regla que, aunque al principio le costaba seguirla, Rosalya sabía que estaba ahí, a pesar de que ella no quisiera cumplirla.

Francois no quería que Rosalya lo mirara con esos ojos sucios y llenos de mentiras, ojos que parecían gritar: "Idiota, tu esposa te engañó". De manera que el hombre le tenía prohibido a Rosalya mirarle la cara. No importaba lo que pasara, lo que ellos estuvieran haciendo, no quería que lo mirara ni una sola vez. Rosalya creció sin haber visto nunca el rostro de su padre. Creció sin saber cómo eran sus facciones, su color de ojos o la forma de su nariz. Detalles tan pequeños como esos, para ella hubieran sido suficientes. Pero al menos tenía a los sirvientes como su familia. No importaba que, al momento de querer alzar la vista un poco más para ver más allá del cuello, su padre le diera una bofetada o la agarrara de la coronilla y le gritara que lo dejara tranquilo.

V. Mi Mundo.


En medio del infierno hogareño, Rosalya encontró una escapatoria en los libros.

La literatura, con sus páginas impresas, las letras negras en una caligrafía que a ella le parecía bonita y las miles de historias con personajes increíbles que encerraban. En esos libros Rosalya conocía lo que era una familia de verdad, no una rota como la suya. En ellos Rosalya conoció la magia del primer amor, la desilusión amorosa, la amistad auténtica, la magia que flota en el aire cada día...

Poco a poco se volvió una niña sencilla que nada disfrutaba más que llegar a casa del colegio y leer un buen libro. En los libros, podía hacer lo que quisiera. Bailar un vals, montar un dragón y echarse a volar, cantar frente a miles de personas sin que su timidez la embargara. Así fue como poco a poco en Rosalya empezó a crecer la necesidad de escribir sus propias historias. De generar en otros las mismas sensaciones que ella experimentaba con los libros. De expresar sus sentimientos y regalar un pedacito de ellos a gente que pudiera volver a creer en la felicidad.

En su décimo cumpleaños le regalaron una libreta donde Rosalya empezó a escribir las aventuras de Lady Primrose, una cortesana de Orleans que viajaba alrededor del mundo combatiendo todo tipo de peligros, y que esperaba encontrar la paz interna y el amor a sí misma, así como muchos otros relatos, poemas y canciones.

VI. Prodigio.

El deseo de Rosalya por ser escritora hizo que la chica se esforzara el doble en sus clases. Claro que para ese entonces Rosalya ya se aplicaba muchísimo y había conseguido ser la mejor de su clase. Era un intento desesperado, un grito, una súplica porque sus padres la miraran. Que se dieran cuenta de que ella estaba ahí se reconciliasen y volviesen a ser la familia feliz que su tía Eva decía que habían sido. Una familia donde por las noches Laura escuchase atentamente las anécdotas e historias de Rosalya, donde su padre la arropara y le besara la frente para luego besar a su madre en los labios. Donde todos fueran felices.

Fue gracias a esto que, cuando su tía decidió que Rosalya debía buscar su talento oculto, eso que la hiciera distinta a todas las demás niñas, llevándola con ella a Perpiñán por Navidad, Rosalya aprendió rápidamente tantas cosas como pudo, en un intento por satisfacer, no a su tía, sino a sí misma. Por demostrarse de lo que era capaz. Sin embargo, ¿qué podía hacer, cuando todo lo había probado y nada le hacía sentirse especial? Cocinar, pintar, dibujar, coser, bailar... No importaba lo que hiciera, nada la dejaba tan orgullosa. Nada le hacía decirse a sí misma: "Esto es lo que soy y lo que quiero", más que escribir, pero su tía insistía en que esto no era en sí un talento, ya que escribir podía hacerlo todo el mundo. Sobra decir lo ofendida que quedó Rosalya tras escuchar sus palabras.

Fue durante la última semana en Perpiñán, a finales de diciembre, que Rosalya encontró su pasatiempo, ese en el que invertiría casi tantas horas como en la lectura, algo que antes nunca hubiera imaginado. Resultó que mientras exploraba los rincones de la mansión Bonfainte-Leroy en Perpiñán descubrió un cuartito diminuto escondido al fondo de un largo pasillo oscuro, un sitio que quizás su tía no hubiese descubierto nunca. El cuartito estaba todo pintado de verde, con una pequeña ventana redonda, el suelo cubierto por una alfombra verde y una mesita con un taburete. Y, sobre este, un violín de delicado talle. Fue cosa de que Rosalya tomara el violín y rasgara las cuerdas por primera vez, con torpeza. El sonido fue horrible, claro, pero al mismo tiempo generó en ella una sensación de magia acompañada del creciente deseo de escuchar ese sonido desafinado una y otra vez.

Bien entrada la tarde Evangeline, guiándose por el sonido del violín, encontró a Rosalya intentando tocarlo en el cuartito. Repuesta de la sorpresa inicial, fue entonces que Evangeline habría de reconocer el futuro talento de Rosalya para tocar el violín.

Fue así que Rosalya empezó a estudiar y pronto llegó a ser una gran violinista, que aprendía rápidamente todo lo que le enseñaba su profesor particular y a menudo deleitaba a sus sirvientes tocando en pequeñas convites hogareñas.

VII. Princeton.


Tomar decisiones conlleva tener un mínimo de responsabilidad. Con las decisiones, debemos aceptar todas las consecuencias que estas conllevan, ya sean buenas o malas, y enfrentarlas con la madurez que se supone uno debería tener a los dieciocho años y hallar una solución para toda problemática. Esto es más o menos a lo que se tuvo que enfrentar Rosalya en su lucha interna mientras intentaba convencerse a sí misma de que esto era lo mejor.

Estaba harta, así de simple. A la larga, aunque su personalidad dulce no variaba un ápice, la actitud de Francois con ella había terminado por cansarla, y tras un intento fallido de suicidio que fue interrumpido por una llamada de su "padre", al final Rosalya decidió que su última alternativa era marcharse. Así estaría segura. Así estaría lejos de las miradas acusadoras de Francois y las frías de Laura, que con el tiempo había acabado hundiéndose en el alcohol en un intento por despejar su mente de la desconfianza de Francois.

Rosalya sabía perfectamente que el caso de Laura ya no tenía solución. Por más que Evangeline había intentado sacar a flote a su hermana, el rechazo de sus padres y de su marido fue algo que sencillamente su "madre" no pudo superar, y había acabado buscando consuelo en el fondo de una botella. Ahora, siempre que Rosalya regresaba de la preparatoria, se topaba con su madre dormitando en la mesa del comedor, rodeada de botellas vacías. Su padre poco o nada de atención le prestaba; se limitaba a seguir moviendo con maestría los hilos en el teatro que era su vida, interpretando su papel lo mejor posible. Era cosa de vida o muerte; era decidir si seguir siendo una marioneta o arriesgarse para buscar su propio sueño.

New Jersey fue la mejor opción que se le ocurrió. Era una ciudad prestigiada por los ingleses, tenía una universidad con un excelente campus de Literatura, justo lo que ella quería estudiar, y podría tener más tiempo libre para dedicarse a su música, ya sin las continuas exigencias y presiones de su familia sobre sus hombros. Sí, New Jersey, Estados Unidos era la mejor opción. Estaba lejos. Una vez allí Rosalya estaría tan apartada de sus padres que ni siquiera tendrían que hablar. Aquella era la inocente concepción que tenía la señorita Agreste al momento de cumplir la mayoría de edad y tomar sus maletas para marcharse.

Así que, cumplidos los dieciocho años, Rosalya se marchó a New Jersey con el violín aferrado en una mano y su querida libreta en la otra, más que decidida a una cosa: ella trazaría su propio destino en la universidad de Princeton, sin importar lo que sus padres dijeran. Y ella misma alcanzaría el éxito por sus propios medios, no importaba la fortuna o las acciones de la familia.
Rosalya L. Agreste
"Ten cuidado con los libros, y con lo que contienen, porque las palabras tienen el poder de cambiarnos."

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Re: Rosalya L. Agreste

Mensaje por Ian Reese el Sáb Jul 16, 2016 8:50 am
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